¿Qué querrá decir Cristina cuando hace alusión a esa frase tan desconcertante?

 

Comencé mi laberinto como al parecer suelo comenzar las cosas, con la necesidad de pararme a pensar primero que es lo que voy a hacer cuando lo esté recorriendo para hallar al final el resultado que espero.

 

Paralizada, mi mente no dejaba de dar vueltas a cómo tendría que recorrerse un laberinto para sacar el máximo provecho a la llegada al centro del mismo.

 

Comienzo…porque en algún momento tendría que hacerlo. Aunque no lo hago muy convencida.
Una imagen se cuela en mi cabeza sin ningún sentido aparente. La serpiente y la manzana. Vaya!, al parecer he conectado ni más ni menos que con el dilema de la creación…pues adelante, comenzaré por ahí.


Pinto una serpiente a la entrada del laberinto, verde, con la lengua roja. Es con su lengua con la que decido, (o no), recorrer el laberinto. Otro pensamiento se cuela sin avisar…con la boca es con lo que los niños comienzan a tomar conciencia del mundo, la primera herramienta de la que se valen para tomar contacto con la realidad, reconocerla, saborearla, nutrirse, saber…

 

 

Comienzo a recorrer el laberinto pintando rosas.

 

En un principio trato de que las rosas sean lo más parecida a una rosa que yo conozca. Observo mi cuerpo. Está tenso. Me doy cuenta entonces de que estoy tratando de controlar el resultado del dibujo en lugar de recorrer el laberinto…el resultado por delante del camino…claro, no me extraña que tenga tensos hasta músculos que desconozco, la necesidad de aprobación de la profe se me antoja más placentera que recorrer mi propio camino…no sé por qué será que me suena!

 

 

Después de la agotadora segunda rosa, me doy cuenta de que con tres trazos que realizo con la muñeca suelta y sin ningún músculo en tensión la rosa se pinta sola…vaya!!!, pues sí que pongo excesiva energía en cosas que no la requieren!, me pregunto si no será eso lo que me tiene agotada la mayor parte de mi vida.

 
Tras ese maravilloso descubrimiento, prosigo mi camino con una carga más liviana, aunque en cada giro que da lugar a una nueva vuelta de rosca, el dilema sobre qué hacer y cómo hacerlo vuelve a asomar las orejitas…

 

 

Vuelta a vuelta me voy reconociendo en el camino del laberinto…

 

 

Pongo la atención en una situación que actualmente me acontece y que trato de solucionar, imagino que el centro del laberinto es la solución a ésta situación, así que ardo en deseos de llegar a ella y liberarme del problema de una vez por todas. Ese pensamiento agiliza mis pasos por el laberinto…más deprisa eli…más deprisa…que ya estas cerca del final!

 
Con sorpresa y estupor descubro que cuando creo estar más cerca del centro, de pronto, sin haberlo visto venir, aun teniendo el dibujo delante, vuelvo a la vuelta más lejana de mi objetivo, la que rodea por completo el exterior de todo el laberinto, la vuelta más lejana de mi manzana del conocimiento. Esta situación se me antoja desagradablemente familiar…

 

 

 

Aún con algo de frustración, una sonrisa socarrona se dibuja en mi cara…si hija sí, eres tú, reconócete. Al fin y al cabo ningún otro sentido tenía el espejito mágico de aquella que también se relamía pensando en la finalidad de su manzana, aunque tampoco ella lo quisiera ver…

 
Prosigo mi camino, ahora con más atención a mis pasos. Me recreo en algunas de las vueltas aminorando la velocidad de mis intenciones y olvidando por un segundo que me dirijo a algún lugar. Siento el tacto del rotulador en mis dedos, oigo la creación del trazo, la punta de tinta deslizándose por las ínfimas arrugas del papel. Observo como el color se derrama con delineado destino. Observo mi cuerpo…no hay tensiones.

 

 

Estoy disfrutando!

 

 

Entro en un estado de tranquilidad absoluta y casi sin darme cuenta llego al centro del laberinto. Me recreo en los últimos pasos. Las prisas por llegar han desaparecido. Me apetece seguir caminando…y ahora ya no queda camino…

 

Ç
Dibujo mi manzana. Roja. Una entera y otra por la mitad. Supongo que para ver las entrañas del fruto que con tanta tensión me empujaba a ser mordido…porque claro, era la manzana la que sinuosa manejaba los hilos de mis intenciones e impulsos, de mis emociones y acciones, la que perversa tejía los hilos de la marioneta de mi cuerpo…

 
He llegado a mi meta, el núcleo de mi laberinto, el final de mi camino, la solución de mi problema…así que ahora ya no queda otra. Muerdo la manzana!

 
Sin más dilación, algo me impulsa a volver de nuevo a la puerta del laberinto. No he vuelto caminando. No ha habido recorrido…¿cómo he llegado hasta aquí? Y sobre todo ¿Para qué estoy aquí de nuevo?

 
No me detengo a encontrar respuesta en los enrevesados jardines de mi mente. Comienzo a andar casi por inercia. Sentía la necesidad de seguir caminando y ahora vuelve a haber camino…para qué perderme en encontrarle sentido. Camina!

 
Recorro de nuevo las vueltas y vueltas de mi laberinto…pero algo ha cambiado. Ahora he olvidado que la finalidad es llegar al centro. La finalidad se vuelve camino, son mis pasos recorriendo un trazo tras otro de color diferente…a las rosas les están saliendo hojas verdes por su tallo…que hermosura!

 
Hasta cuatro veces se repite el ritual, y en todas ellas cuando muerdo la manzana, vuelvo sin saber cómo al inicio de mi laberinto, con la piel renovada, dejando mi cuerpo marcado por las huellas del recorrido anterior junto a las semillas de la manaza mordida…
Ahora lo comprendo…

 

 

De los laberintos sólo se puede salir volando…como de la vida…

ELISA MUÑOZ. ILUSTRACIÓN DE CRISTINA PÉREZ DE VILLAR

 

 

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