De mujeres, necesidades, deseos y otras revolucionarias maneras de proveernos.

 

 

Llevo tiempo observando como las mujeres sentimos un profundo deseo de ser conocidas, comprendidas, aceptadas, reconocidas y amadas incondicionalmente. Sí, lo sé, en realidad todas las personas, hombres y mujeres albergamos esos deseos como parte de nuestras necesidades más auténticas, sin embargo, yo como mujer, no dejo de ver en mi y en las mujeres que me rodean, como éste deseo, al parecer inalcanzable,  nos tiene bien cogidas por las entrañas.

 

Claro, esto es lo de siempre, sólo con echar un vistazo al lugar que nos confiere la historia, la cultura y la publicidad, el misterio de éste arraigado anhelo quedaría resuelto. Pero estoy harta de que todas las explicaciones acerca del papel actual de la mujer acaben siendo historias de víctimas, verdugos y salvador@s, que si bien es necesario conocer y reconocer para saber de donde partimos y poder hacer cambios realistas y reales, no deben, en mi opinión,  quedarse en una mera sentencia que dictamine la entrega a la lucha, la batalla o la guerra contra quienes parecen no proveernos de esos anhelos tan preciados.

 

 

Yo quiero reflexionar sobre la posibilidad de coger otro camino para satisfacer esas necesidades.

 

 

Como dice May Serrano en su magnífico post de blog “Abandono la lucha”  Si queremos cambios reales, hagamos cosas realmente revolucionarias…

 

Es cierto que deambulamos, aún,  por un mundo que a priori parece no pertenecernos y cuyas reglas nos parecen tan ajenas que, para encajar en el juego, nos sumimos en una interminable, agonizante e insatisfactoria carrera para alcanzar todos esos deseos profundos de aceptación, integración y amor incondicional a todo lo que sentimos que somos en éste único cuerpecito. Alcanzar también, por supuesto, el tan consagrado éxito, en términos definidos por otros, sin que nosotras asistiremos a la mesa de negociación en la que se pactaron.

 

Creo que llevamos demasiado tiempo dejándonos la piel en demostrar que éste mundo puede ser “tan nuestro” como de aquellos que parecen poseerlo, pero presiento que nos hemos equivocado de estrategia, pues sólo quien necesita demostrar algo, está participando de la opinión de quien lo duda.

 

Es, a efectos prácticos, como si un pez, para demostrar su valía en terreno seco, quisiera correr tras una liebre para llegar, en un mismo recorrido y tiempo determinado, a la misma meta. Lo más probable es que por más que el pez se esfuerce, acabe asfixiado. ¿Pero qué pasaría si fuera la liebre la que intentara hacer lo propio bajo el agua?. Exacto!

Así que hoy me pregunto, ¿qué cambiaría si abandono la carrera, dejo de emplear mi energía en demostrar que puedo llegar a la meta de tierra siendo pez, dejo de justificar mi lugar en territorio ajeno y comienzo a descubrir las reglas de mi propio hábitat?

Dentro de mi se cuela la idea de que quizás así, dejaríamos de pedir permiso, de dar explicaciones, de justificarnos, de dar las gracias cuando no corresponden, de sentirnos en deuda o lo que es peor, culpables, de ser eternamente agradables porque “a caballo regalado, no se le miran los dientes”, todas ellas actitudes que auguro proceden de creer en lo más profundo de nuestros recovecos, que estamos de prestado en la casa de otros.

 

 

¿En qué momento comenzamos a creer que éramos visitantes en lugar de propietarias?

 

 

Me resulta muy interesante, insisto, ese deseo profundo que tenemos las mujeres de ser conocidas, comprendidas, aceptadas, reconocidas, amadas y admiradas y no dejo de contemplar, con cierta indignación,  como ese deseo no deja de traernos continuas frustraciones y cadáveres de relaciones personales que nunca alcanzan el sagrado cáliz de la intimidad profunda con lo que sentimos, o presentimos,  que es todo nuestro ser.

 

A éstas alturas, mi conclusión rotunda es, que por caminos ajenos, no alcanzaremos satisfacer éstas necesidades, porque ese anhelo que sentimos, es consecuencia de estar deshabitadas de nosotras mismas.

 

¿Qué cambiaría si ese conocimiento profundo, esa comprensión ilimitada, esa aceptación sin excusas, ese reconocimiento en honor a “la verdad” y “la justicia”, y ese amor incondicional que no dejamos de buscar en otras personas, comenzáramos proporcionándonoslo nosotras mismas?

 

 

¿Cómo es tu compromiso de amor eterno contigo?

 

 

¿Cómo te tratas cuando cometes errores? ¿Cómo te acompañas en la salud y en la enfermedad? ¿Cómo te reconoces cuando haces algo con corazón y entrega e independientemente del resultado de cara a otr@s tú sabes que has dado lo mejor de tí? ¿Te tratas igual que esperas desesperadamente que lo hagan l@s demás? ¿Eres tú la mujer de tus sueños?

 

Mucho me temo, que mientras sigamos creyendo que tenemos que luchar para “ser” por derecho propio, seguiremos agonizando mientras tratamos de alcanzar una zanahoria atada a un palo que sostenemos nosotras mismas…por eso, no nos alcanza la mano para coger lo que queremos. Las tenemos ocupadas!

 

Andamos por ahí mendigando, con las necesidades a flor de piel y la lata de las limosnas a rastras. Vamos por ahí, disculpándonos por necesitar y agradeciendo hasta la saciedad que nos den, endiosando a quien así lo ha tenido en consideración, sintiéndonos en deuda vital con aquellas personas que tienen a bien aceptarnos y querernos tal y como somos.

 

En otros casos, nos percatamos del tufillo que desprenden los discursos que nos hacen sentir “visitantes” en nuestro hogar y cambiando sencillamente los papeles sin seguir teniendo realmente claro cual es el lugar que queremos ocupar. La rabia nos impulsa a exigir lo que creemos nuestro sin contemplar a la otra persona como un ser propio, sino más bien como el/ la proveedora lícita de nuestra mercancía más preciada. Tiranía para amb@s.

 

 

Así nos han educado a las mujeres…para creer que todo lo que tiene valor, sólo puede venirnos dado desde fuera. Así nos relacionamos con el mundo y con las demás mujeres, en competencia feroz, como si el pastel fuera limitado y sólo para quien llegue la primera. Vivimos en la escasez. 

 

 

Ahora, entre tu y yo, me pregunto ¿como nos relacionaríamos con nosotras mismas y con el resto del mundo si por un segundo, albergáramos la posibilidad de proporcionarnos esos anhelos por nosotras mismas?

 

¿Te imaginas queriéndote así a ti? ¿Estando para tí cuando te necesites? ¿Tener claro tus deseos y con quien los quieres realmente compartir?. ¿Y si comenzamos esa andadura empezando por tomarnos el tiempo que queramos para conocernos profundamente? sin pedir permiso para ello ni dar explicaciones, explorando nuestro propio hábitat, y creando las reglas que sintamos necesarias para movernos en él sintiéndonos seguras, acogidas, confiadas.

 

Está claro que tod@s necesitamos de l@s demás, es la necesidad más auténtica del ser humano más allá de ser hombre o mujer, y es precioso contar con personas a las que amar y que nos amen, que nos cuiden y a las que cuidar, de las que sentir satisfacción cuando nos reconocen y a las que reconocer…pero, si ni siquiera sabemos como hacer lo propio con nosotras mismas, ¿cómo vamos a sentirnos libres de elegir lo que deseamos más allá de lo que necesitamos?

 

Este sentido de la carencia de lo más básico, nos mantiene sumidas en la dependencia.

 

Salgamos de ésta precariedad en la que nos han instruido, rebelémonos ahora, hagamos algo distinto a lo que venimos haciendo.

 

Dejemos de entregar nuestra energía a gestas que sólo se ganan con las estrategias de quien consideramos oponente, dejemos de comportarnos como si estuviésemos de prestado incluso en nosotras mismas.

 

Cambia la dirección de la meta hacia la que estás corriendo, empieza por ir hacia dentro, empieza por ir hacia tí…ahí es donde está lo que buscas. Cuando lo encuentres, sabrás que las reglas del juego han cambiado, y que nadie que se siente en su casa, pide permiso para para poner los pies sobre la mesa cuando le place.

 

Insisto…¿Qué cambiaría si tu revolución fuera quererte?

 

¿Me lo cuentas?, ¿Compartimos?

 

ELISA MUÑOZ. Ilustración de la Pintora KARINA ZOTHNER Ver más sobre su trabajo

 

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